Y esto ¿para qué sirve?
Una de las preguntas recurrentes en las aulas de secundaria y de universidad es “y esto, ¿para qué nos sirve? ¿Por qué tenemos que estudiarlo?”. Este cuestionamiento de la enseñanza tradicional, que incluye muchos temas y saberes que parece que sólo les van a ser de utilidad a quienes ejerzan ciertas profesiones, está siendo aceptado progresivamente por quienes diseñan los programas de enseñanza. ¿Para qué aprender a hacer cosas que un ordenador o una IA pueden hacer mucho más rápido, o datos que se pueden encontrar rápidamente en libros o en internet, o historias que un yutúber muy simpático nos cuenta en un plis plas de forma muy entretenida?
Creo que es en momentos como el que vivimos en los que se puede apreciar la insuficiencia de esta forma de concebir (o despreciar) la enseñanza. Los datos son palabras sin sentido si uno no posee otros con los que relacionarlos o con los que ponerlos en un contexto. Ser capaz de deducir, razonar o calcular por uno mismo algo nos proporciona una manera más profunda de entenderlo, autonomía e independencia. Leer cualquier libro dedicándole el tiempo necesario nos forma e informa, pero lo más importante es que nos da oportunidad de cuestionar lo que leemos mientras lo leemos mientras que la avalancha de imágenes, música y palabras del yutúber saturan nuestros filtros de absorción crítica de información, dejándonos indefensos ante la desinformación.
Creo que no hace falta señalar hacia dónde nos está llevando esta deriva. Pero no está de más demostrar la utilidad (el inmenso poder) de muchas de las cosas que tradicionalmente se intentan enseñar para hacerse una idea realista de hacia dónde va nuestro mundo, más allá de discusiones o sesgos ideológicos; más allá de la desinformación.
Hace pocos días que se ha publicado la noticia de que una boya del Mediterráneo que está a tres metros de profundidad en mar abierto ha marcado una temperatura récord de 33,2 grados Celsius. En la noticia se nos informa de que esto supone 1,4 grados más que el récord anterior, de agosto del 2024 y 7,2 grados por encima de la media de la temperatura media del Mediterráneo en 1982 y se dice que es algo excepcional. ¿Lo es de verdad? ¿Hay que preocuparse? Internet está plagado de opiniones en sentido contrario: siempre ha hecho calor en verano, los cambios climáticos son algo normal, no hay que ser dogmáticos ni fanáticos sobre este tema y, nos advierten, no podemos poner en riesgo la economía por un quítame allá esos grados de temperatura. Si le preguntamos a una IA, dependiendo de lo que le hayan hecho aprender, puede darnos una respuesta basada en esas opiniones o en otras y, lejos de proporcionarnos certidumbre, posiblemente nos deje con la misma duda.
Es aquí donde ser capaz de razonar y calcular por uno mismo, capacidades que la educación tradicional intenta transmitir, demuestra su importancia. Cualquier alumno de bachillerato, de ciencias o letras ha recibido la formación necesaria para poder hacer este cálculo por sí mismo, tomando datos de una enciclopedia cualquiera (como la fantástica y encomiable Wikipedia), sin intermediarios: el mar Mediterráneo contiene aproximadamente 3.735.000 km3 (3,74×106 km3) de agua. Un km equivale a 105 cm (100.000 cm) y 1 km3 equivale, pues, a 1015cm3 de forma que el mar Mediterráneo contiene 3,74×1021cm3 de agua. Cada cm3 pesa casi exactamente un gramo y calentar 1 grado Celsius ese gramo cuesta, por definición, 1 caloría, así que calentar todo el Mediterráneo 1 grado Celsius cuesta 3,74×1021 calorías (3.740 trillones de calorías).
A la inversa, este exceso de energía se libera a través de tormentas, viento, lluvias torrenciales… De ahí sale en último término la energía cinética del agua en las riadas, así que cambiemos de unidades para hacernos una idea más intuitiva de cuánta energía podría liberar el Mediterráneo hasta volver a su temperatura normal por cada grado de exceso.
1 kilotón (1 kT es la energía liberada en la explosión de mil toneladas de TNT; las bombas nucleares arrojadas sobre Hirosima y Nagasaki liberaron entre 15 y 20 kT de energía) equivale a 1012 (un billón) de calorías casi exactamente, de forma que el exceso de energía del Mediterráneo es de 3,74×109kT, o 1,87×108 (187 millones) de bombas de Hiroshima de 20 kT por cada grado Celsius de exceso de temperatura. Es una cantidad gigantesca. Para hacernos una idea de cómo de gigantesca es podemos dividirlo por la longitud de costa del Mediterráneo: unos 46.000 km. Eso nos deja 4.065 bombas de Hiroshima por cada km de costa. Seguramente, mucha de esta energía se disipe de otra forma, pero con que un uno por diezmil de esa energía acabe haciéndolo de manera violenta, nos tocaría casi una bomba de Hiroshima por cada 2 km de costa y la destrucción sería absoluta. La destrucción provocada por la DANA de Valencia del año 2024 sólo es una muestra.
La física y las matemáticas no engañan. El eclipse de Sol de hoy se va a producir exactamente a la hora que predicen. Y ésta es la magnitud de las fuerzas contra las que nos toca luchar porque no queremos renunciar a pasar el fin de semana en Praga, a estar en camiseta en casa, a comer frutas de verano en invierno, a cambiar de ropa cada semana, a comer carne a diario o a bombardear a gente que está muy lejos; todas ellas, cosas que podríamos hacer sin renunciar a la salud o disfrutar de la vida. Y es evidente que tenemos todas las de perder. La educación sirve, por ejemplo, para tomar conciencia de esta situación sin que ningún intermediario nos engañe. Que sirva para que esa toma de conciencia se traduzca en hechos que contribuyan a paliarla es harina de otro costal, por mucho que sea nuestro ferviente deseo, pero es el primer paso.
Tomás Ortín Miguel
Instituto de Física Teórica UAM/CSIC
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